Promocional

El quehacer literario lojano en la dinámica cultural republicana y Latinoamericana

Revista conmemorativa del primer centenario de la Sociedad Obreros de Loja 1915-2015

Jaime Enrique Celi Correa

En mi cometido, en calidad de autor de la revista, me cupo el honor de hacer su presentación.  Con esta oportunidad expresé: “La investigación no es otra cosa que la satisfacción existencial, emotiva y racional, de una curiosidad con propósito. Tras esta verdad insoslayable, cuando meses atrás, fui invitado a participar de una reunión del directorio de la SOL y en ella se me propuso hacer y editar la publicación conmemorativa del primer centenario de la vida e historia de la Sociedad Obreros de Loja, tuve la percepción de que se me daba la oportunidad cierta de involucrarme en la visión y misión de una institución lojana de entraña ancestral y protagonismo indiscutible en el desarrollo socio-económico y cultural de la Loja urbana y provincial de la pasada centuria. Es que, desde mi niñez he venido siendo testigo del epónimo accionar institucional de la SOL en diversos ámbitos del quehacer urbano. Ello se explica y demuestra, con facilidad y objetividad, en la cotidianidad urbana, en razón de que, en los registros institucionales de socios, hasta pocos años atrás, se inscribían los nombres de los más valiosos y calificados “maestros” del mundo obrero-artesanal de la ciudad

En el seno estatutario y de los reglamentos de la Sociedad Obreros de Loja se acogieron, organizaron y suscitaron los protagonistas de la verdadera y real fuerza laboral de la Loja de los cien años del siglo XX. Fuerza laboral que le proporcionó a la colectividad urbana y rural la mayor parte de bienes y servicios, a la vez que satisfizo las necesidades y exigencias demandadas para el bienestar y buen vivir de la sociedad lojana de la época. ¿Pero cómo era la Loja de la época en la que se constituye la Sociedad Obreros de Loja, que nace a la historia con el nombre de Sociedad Obreros de la Salle?

A la época, Loja vive la mitad de la segunda década del 1900. Es el año de 1915. La población está estimada en alrededor de 15.000 habitantes. La conectividad vial de la ciudad con el resto del país y con la parte norte del Perú es extremadamente deficiente. La irregular y compleja topografía lojana está cruzada, únicamente, por interminables caminos de herradura, fangosos en invierno y polvorientos en verano, factores estos que dificultan y hacen onerosa en tiempo y sacrificio, la movilidad de las personas y el intercambio comercial. Tal es así que el viejo y proverbial adagio colonial de que “a Loja se viene no de paso sino a quedarse”, en plena época republicana hallaría aún en esta circunstancialidad una de sus razones más justificadas.

Hay que reiterarlo, a pesar de todo: a la época, la ciudad y las diversas cabeceras cantonales de la provincia padecían del más injusto y preocupante aislamiento, tanto en relación al resto del país, como al interior mismo de la geografía provincial.  Ninguna vía de transporte motorizado había hollado aún la agreste geografía lojana. Únicamente la vieja red de caminos de herradura derivada del legendario Capac Ñan –camino del inca- permitía a la dispersa población lojana movilizarse en procura de satisfacer sus necesidades de comunicación, intercambio comercial y progreso.

Ello, como es de suponer, imponía a la población asentada tanto en la cabecera provincial como en las cabeceras cantonales, la necesidad imperiosa de generar sus propios procesos productivos de bienes y servicios para enfrentar y dar atención a las ingentes necesidades de una población encerrada, atrapada en su propia circunscripción territorial, y sin una comunicación fluida con  otras ciudades y regiones de su entorno. Fue esta la realidad geopolítica que constituyó el marco referencial de nacimiento y consolidación de la SOL, en cuyo seno, como queda dicho, se acogió el obrerismo lojano de signo cristiano y tendencia católica.

Es preciso decir, con claridad y concreción que el mencionado aislamiento, más que ser un factor en contra del desarrollo integral de la vieja ciudad, se transformó en circunstancia suscitadora y de motivación para el cultivo, desarrollo y afianzamiento de una cultura de esencia humanista y cristiana, al puro estilo de la España Clásica. EL idioma, la literatura, la música, las ciencias del derecho, la identidad étnica y el culto mariano se cultivaron en la tradicional sociedad lojana con apego irrestricto e incondicional a la más acendrada cultura greco-latina. En otras palabras, la cultura lojana es hija de su propia gestación y autodesarrollo dialéctico.

Clodoveo Jaramillo Alvarado, en su libro Loja Contemporánea 1920, puntualiza: “Por falta de vías de comunicación, las industrias manufacturadas y mecánicas no han alcanzado aún el desarrollo que correspondía a una región tan rica como la provincia de Loja […] La situación geográfica de Loja, de ser una provincia fronteriza, notable por la riqueza y extensión de su territorio, la ha colocado en una situación ventajosísima respecto de las demás provincias ecuatorianas. Loja, en su aislamiento del gobierno central, por la falta de vías de comunicación y el abandono en el que siempre se la ha tenido, se ha bastado a sí sola en el sostenimiento de sus más importantes instituciones….”

Una publicación nacional titulada “Guía del Ecuador”, realizada en Guayaquil en 1906, esto es nueve años antes del nacimiento de la SOL, nos permite tener una percepción bastante apegada a la realidad de la situación laboral y de prestación de servicios profesionales y artesanales en la vieja ciudad de inicios del siglo XX.  Datos tomados de esta publicación dan fe de la referida realidad: 66 sastres, 5 talabarteros, 57 zapateros, 85 abogados, 9 médicos, 1 ingeniero, 4 escribanos, 3 farmacéuticos, 8 albañiles, 60 carpinteros y 19 herreros.

Luis F. Mora, en su libro El Ecuador Austral, 1930, considera que en la época a la que hacemos referencia, tienen presencia activa y protagónica connotadas personalidades de la cultura lojana. Menciona nombres como los de: Alberto Burneo, Pablo Palacio, Pedro Falconí, Manuel Agustín Aguirre, Alfredo y José Miguel Mora Reyes, Víctor Guerrero, Julio Ojeda, Juan Ontaneda, Baltazar Aguirre, Nicanor Ledesma, Monfilio Zambrano, Maximiliano Witt, Juventino Arias, Luis Apolo, León Pacífico Núñez, Juan José Samaniego, Virgilio Guerrero, Clotario Maldonado Ángel F. Rojas, Manuel A. Mora, Servio Maldonado, Eduardo Mora Moreno, Emiliano Ortega, Virgilio Abarca, Raúl Ortega, Rosa Matilde Ordóñez, los hermanos Palacios, Daniel Elías y Alfredo, afamados plásticos a cuya autoría se deben varios monumentos públicos de nuestra ciudad, entre ellos: el de Pío Jaramillo Alvarado, el de Benjamín Carrión, el de Simón Bolívar, el de Alonso de Mercadillo, el de Isidro Ayora, el Salvador Bustamante, entre otros.

Mora también acota testimonios fundamentales del ámbito institucional y empresarial de la ciudad de ese entonces. Así, refiere: existen en la ciudad cuatro bibliotecas: la del Colegio Bernardo Valdivieso, la del Municipio, la de los maestros y la del clero, a más de las de las comunidades religiosas y privadas. Hay en la localidad cuatro imprentas: la del Colegio Bernardo Valdivieso, la del Clero, la del Vigía y la Tiempos Nuevos. Tenemos, agrega, tres máquinas de luz eléctrica y dos máquinas de aserrar madera, unas y otras trabajan movidas por fuerza hidráulica. Informa asimismo de la existencia de las fábricas de: mosaicos, cemento, hielo, cerveza, koca y soda, ladrillos y curtiembres, molinos de trigo y otros granos que abastecen a la ciudad de harina de primera clase. Hay 30 almacenes de comercio, de los cuales, 14 son de primera clase; 5 boticas y 8 cantinas.